Friday, July 31, 2026

Una conversación con Frances Figarella García, de CoopERA

 

Creando una economía desde la cotidianidad

Por Mónica Pérez Nevárez

Durante una conversación reciente, Frances Figarella García me habló de cómo la Economía Social y Solidaria podría transformar la economía en la que vivimos, una economía que nos ha enseñado a confundir la conveniencia con el bienestar, el abuso con la disciplina, y el precio de las cosas con su verdadero costo.

Frances fue maestra de ciencias, profesora en la Universidad de Puerto Rico y líder en la implantación del Aprendizaje Basado en Problemas. En 2011 fundó, junto con otras profesionales, la cooperativa de trabajo CoopERA, nacida de una convicción sencilla: la cooperación es la manera más sabia de educar, aprender, trabajar y vivir. Llegó a este tema organizando, enseñando y trabajando en comunidad con otras personas. Frances también forma parte integral del grupo coordinador de la Red de Economía Social y Solidaria del Movimiento Victoria Ciudadana.

Cuando le pedí que explicara qué es la Economía Social y Solidaria, su respuesta colocó la conversación en un terreno distinto al de las definiciones económicas habituales. Habló de una forma justa y humana de organizar la actividad económica, comprometida con las personas y con el planeta. Habló de la calidad de vida antes que de la cantidad de posesiones, y de gobernanza democrática, autogestión, confianza, cuidado mutuo y responsabilidad compartida.

El dinero sigue siendo una herramienta de intercambio y el capital continúa cumpliendo una función, pero deja de ocupar el lugar de mando. Al organizarse mediante gobernanza democrática y responsabilidad compartida, la ESS crea mecanismos para limitar los atropellos y las injusticias que el capitalismo ha permitido y normalizado.

La diferencia es importante porque lo que solemos llamar “la economía” no es una ley natural. Es una forma histórica de decidir qué se produce, quién controla los recursos, cómo se reparte el beneficio y quién absorbe los daños. La industrialización concentró los medios productivos, el capital y los recursos naturales en pocas manos. También ayudó a formar el tipo de consumidor que ese sistema necesita: individualista, ensimismado, competitivo, y siempre insatisfecho.

Frente a las crisis creadas por ese modelo surgieron cooperativas, asociaciones y otras respuestas colectivas. La ESS pertenece a esa historia y está viva en muchos países, donde adopta formas locales de solucionar problemas según las necesidades de cada lugar.

Le pregunté cómo se podía ver la necesidad de la ESS en Puerto Rico, y Frances escogió el sistema alimentario como el ejemplo más claro y urgente. “El sistema alimentario permite ver la ESS completa: no sólo qué compramos, sino quién produce, cómo se remunera el trabajo, quién organiza la distribución, quién toma las decisiones y dónde permanece el valor generado”.

“Importamos alrededor del 85 por ciento de lo que comemos. Esa cifra describe cómo estamos expuestos a interrupciones de abastecimiento, aumentos en los costos de transportación, decisiones tomadas fuera del archipiélago y alimentos cuya calidad no controlamos”.

“Cuando agricultores y agricultoras de Puerto Rico siembran agroecológicamente, cuidan el suelo y crean mercados que acercan alimentos sanos a la gente, no sólo producen comida. También reducen nuestra dependencia y fortalecen nuestra capacidad de alimentarnos. Al hacerlo, cambian la relación que existe entre quienes producen, quienes consumen y el lugar que ambas partes habitan. Esa es una de las maneras más revolucionarias de “hackear el sistema”.

El ejemplo agrícola muestra que la ESS entra en la vida cotidiana mediante decisiones concretas que hacemos a diario: relacionarnos con nuestros vecinos, agricultores, y nuestras comunidades y comercios locales, cooperativos y solidarios que mantienen una mayor parte de la riqueza dentro de la comunidad.

Ojo, comprar localmente puede ser una puerta de entrada a la ESS, pero la proximidad geográfica, por sí sola, no convierte una actividad en solidaria. Un negocio puede ser local y continuar explotando a sus trabajadores, dañando los recursos naturales o concentrando sus ganancias en pocas manos.

Franes hizo hincapié en que lo importante no es solamente dónde se encuentra un negocio o de dónde viene un producto, sino cómo se produce, cómo se trata y remunera a quienes allí trabajan, quién toma las decisiones, dónde queda la riqueza generada y qué consecuencias tiene esa actividad para la comunidad y el ambiente.

“Lo mismo puede ocurrir al comprar en una farmacia de la comunidad en vez de acudir automáticamente a una gran cadena. Cuando estas transacciones apoyan empresas responsables, cooperativas o negocios comprometidos con su comunidad, el dinero no sale hacia cuentas corporativas externas. Circula entre personas que viven y trabajan aquí, sostiene empleos y producción local y, en el caso de los alimentos, reduce parte de la distancia y de la energía que exige una cadena larga de distribución”.

Si vamos a ver, la compra local resuelve una necesidad personal, pero también deja una huella económica que nos ayuda a todos. Sin embargo, el ejemplo agrícola plantea una dificultad: los alimentos producidos aquí pueden costar más que los importados y, por tanto, resultar menos asequibles para muchas personas.

Le pregunté a Frances por esa diferencia. Me respondió que “es cierto que los bienes agrícolas producidos aquí pueden costar más, pero que ese precio refleja el trabajo y el esfuerzo dedicados a su producción, en vez de depender de la baja compensación y de las largas jornadas laborales que suelen hacer posibles los precios más bajos.”

“Pero eso”, agregó rápidamente, “no convierte cada compra en un examen de moralidad. Los productos locales pueden costar más. Los horarios pueden ser menos cómodos. No todo está disponible en todo momento. La vida diaria de mucha gente ya está demasiado cargada y nadie es perfecto. Pero siempre existe la oportunidad de decidir qué uno quiere hacer y por qué”.

Frances no idealiza la situación y entiende las realidades. Las grandes corporaciones han construido su dominio alrededor de precios bajos, una escala masiva y la conveniencia que ofrecen a personas ya sobrecargadas de responsabilidades. Pedirle a cada individuo que investigue productores, compare alternativas, coordine recogidos y resuelva cada obstáculo reproduce el mismo individualismo que la solidaridad intenta superar.

En el caso de los alimentos, esas dificultades pueden resolverse colectivamente. Ahí cobra sentido una de las frases más prácticas de nuestra conversación. Frances recordó a una vecina que no había podido ir a la plaza del mercado a hacer su compra. “Dime lo que quieres y yo te lo busco”, le dijo. La vecina le entregó su lista y el dinero, y Frances hizo la compra por ella porque sabía dónde ir a conseguir los productos.

De la misma manera, una red comunitaria puede localizar productos, reunir pedidos, compartir transportación y distribuir el trabajo necesario para encontrar alternativas. Las compras colectivas no sólo abaratan o facilitan una transacción. Cambian quién carga con el esfuerzo. La solidaridad deja de ser una intención privada y se convierte en infraestructura para resolver problemas.

Sin embargo, Frances señaló que la barrera más difícil no siempre es el acceso. Es la manera de pensar. “Conocemos personas informadas, preocupadas por el ambiente y conscientes de la desigualdad que, aun así, no cambian sus hábitos.” Muchas creen que una decisión de consumo no puede afectar las políticas, los comercios ni la economía.

En Puerto Rico se le puede añadir a esa lista una desmoralización profunda. Hemos visto repetirse durante décadas políticas que benefician a unos pocos y hemos aprendido a desconfiar de nuestra propia capacidad para intervenir.

Frances respondió a esa desmoralización con un planteamiento más humano: “Hay que identificar a quienes ya han comenzado la transición y acercarse a ellos, pedirles ayuda” dijo. “Hacer un cambio acompañado es distinto a tratar de cambiar solo. Una persona le muestra dónde compra. Otra conoce a quien produce. Otra persona organiza un pedido o  coordina un viaje para un grupo a los mercados o a las fincas cercanas. Alguien comparte una receta, una herramienta o una idea. La capacidad personal aumenta cuando entra en una práctica colectiva y repetible.”

Lo que vemos en la producción y distribución de alimentos permite reconocer un patrón económico mucho más amplio. Puerto Rico no tiene que inventar desde cero esa nueva economía. Un porcentaje considerable de la población ya participa en cooperativas de ahorro y crédito. Existen proyectos agroecológicos, empresas propiedad de sus trabajadores, organizaciones sin fines de lucro, tiendas con productos solidarios, redes de productores y grupos comunitarios que manejan recursos y servicios con criterios de justicia.

Algo que quiere cambiar Frances es que se rconozca cuando uno esta actuando de manera solidaria. “Muchas personas participan en estas iniciativas sin reconocerse como parte de un movimiento económico más amplio. El problema es también de visibilidad: las piezas existen, pero no siempre se reconocen unas a las otras”.

“Por eso es importante conversar sobre mapas, directorios y herramientas que permitan encontrar organizaciones solidarias. Hay plataformas que pueden ser útil precisamente en ese punto: puede hacer visible lo que ya está ocurriendo, conectar a una persona con la comunidad que necesita y reducir la distancia entre una convicción y una acción concreta”.

Pero entiende que la tecnología tendría que permanecer en su lugar correcto: servir de puente, no sustituir las relaciones humanas; facilitar el acceso a información veraz, no difundir propaganda.

Ademas, abrió el panorama a otras posibilidades. “El mismo razonamiento que aplicamos a los alimentos locales puede aplicarse a la energía, el empleo, las finanzas y los servicios comunitarios. En su esencia, la ESS es una manera de reconstruir el país”.

Y añadió que “la soberanía alimentaria, las comunidades energéticas, el empleo digno, las finanzas solidarias y la gestión comunitaria de servicios parecen asuntos separados hasta que hacemos las mismas preguntas en cada uno: ¿quién decide?, ¿quién recibe el beneficio?, ¿qué ocurre con la riqueza creada?, ¿quién se hace cargo del daño?”

¿Esas preguntas cambian la conversación y nos brindan un poder que ahora no tenemos, verdad? le pregunte. “Si, permiten evaluar una empresa o una política no sólo por cuánto dinero produce, sino por la vida que hace posible, las capacidades que fortalece y las dependencias que deja atrás”.

“Vivir de acuerdo con esa visión exigirá aceptar límites y renunciar a ciertas comodidades. Habrá productos que no podamos conseguir de inmediato y decisiones que resulten más caras al principio”.

“También habrá que reconocer que el precio marcado en una góndola nunca contiene el costo completo. No incluye el suelo degradado, el salario insuficiente, el negocio local que cerró, la distancia recorrida ni la fragilidad de depender de cadenas de distribución que no controlamos”.

“Pero, si no perdemos de vista la meta, todos estos cambios valen la pelea” dijo Frances.

Al terminar nuestra conversación, cambiar la economía ya no me parecía una meta lejana. Frances trazó una descripción precisa de cómo comienza una transformación real. “Ocurre cuando dejamos de entregar automáticamente nuestra mente, nuestro dinero, nuestro trabajo y nuestro tiempo a sistemas que debilitan el lugar donde vivimos y comenzamos a dirigirlos hacia relaciones que lo sostienen”.

La economía se reproduce todos los días. Y si participamos en la economía social y solidaria cada día, cada día existe una oportunidad de crear la vida que queremos y necesitamos, en la cotidianidad de nuestras vidas. No hace falta esperar a que el país entero cambie de una vez. Podemos empezar por dar el primer paso, y buscar a gente como Frances, que nos enseñe el camino.  

Pueden ver el video aquí: https://youtu.be/Z8rR3xvuSf4

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