Por Monica Perez Nevarez
Solemos hablar de la crisis ecológica en los lenguajes de la ciencia, la tecnología, la economía o la política. Medimos temperaturas y concentraciones de carbono. Debatimos sobre energías renovables, vehículos eléctricos, conservación, regulación y crecimiento económico. Pero después de décadas de trabajo ambiental, he llegado a creer que esos lenguajes describen los síntomas en vez de la enfermedad.
Algo está profundamente roto
El papa Francisco dijo repetidamente en su encíclica de 2015, Laudato Si’, que “todo está conectado”. La degradación ambiental no puede separarse de la pobreza, la economía, la cultura, las relaciones humanas ni de los valores mediante los cuales las sociedades se organizan. Su idea de una “ecología integral” nos pide que dejemos de imaginar a la humanidad situada fuera de la naturaleza, o “administrada desde arriba”, y que, en cambio, nos entendamos como participantes dentro de un mundo vivo e interconectado.
Si todo está conectado, quizá lo que estamos experimentando no sean crisis separadas, sino distintas expresiones de nuestras relaciones esenciales. Nuestras relaciones sociales se han desgastado hasta convertirse en división, desconfianza y desigualdad. Nuestra relación con el trabajo y nuestro sustento depende cada vez más de una economía en la que nuestra seguridad parece estar fuera de nuestro alcance. Nuestra relación con la naturaleza se ha convertido en una relación con “recursos” que llegan a nuestras manos con tanta eficiencia que olvidamos de dónde provienen; o que no llegan en absoluto, dejándonos desamparados. Nuestra relación con nuestros propios valores morales y espirituales se debilita a medida que el sufrimiento y la destrucción pasan a formar parte de un trasfondo cotidiano: acontecimientos suficientemente grandes para angustiarnos, pero tan enormes que nos hacen sentir impotentes, y que cualquier acción nuestra no tendrá impacto. Y nuestra relación con nuestra propia capacidad de actuar se erosiona a medida que la responsabilidad se transfiere a gobiernos, corporaciones, mercados, instituciones o a cualquier otra persona que no seamos nosotros mismos.
De la relación a la madurez
En ese sentido, la crisis ecológica es una crisis de relación y, más importante aún, una crisis de madurez colectiva. Spiritual Ecology: The Cry of the Earth, una antología que reúne perspectivas del budismo, el cristianismo, el sufismo, las tradiciones indígenas, la psicología, la ciencia y el pensamiento ecológico, parte de algo parecido a una herida de abandono: la pérdida de una relación sentida, en este caso, con el mundo natural. Hemos convertido relaciones en recursos. Los bosques se convirtieron en madera. Los ríos se convirtieron en suministros de agua. El suelo se convirtió en bienes raíces. Los animales se convirtieron en unidades de producción. El lenguaje cambió porque las relaciones cambiaron. Y una vez que una relación se vuelve principalmente extractiva, el comportamiento que produce puede ampliarse de escala: del hogar al trabajo, de los negocios a las finanzas, de las economías a los gobiernos, de la capacidad personal de actuar a la conformidad silenciosa.
Sin embargo, ese camino es solo uno entre muchos posibles. Las distintas tradiciones describen de maneras diferentes nuestra forma de habitar el mundo, y existe una sorprendente convergencia en la manera en que la mayoría de las religiones nos piden comportarnos. Un cristiano puede describir la Creación como sagrada. Un budista puede hablar de interdependencia y compasión. Una tradición indígena puede hablar de parentesco, reciprocidad o responsabilidad hacia las generaciones futuras. Un científico puede describir ecosistemas interactuantes, relaciones evolutivas y límites planetarios. Todos apuntan hacia la posibilidad de futuros diferentes. Y sus principios éticos son notablemente parecidos: humildad, moderación, gratitud, reciprocidad, cuidado y responsabilidad. Esas cualidades adquieren especial importancia cuando las aplicamos a nuestra propia huella y nos damos cuenta, con honestidad, de lo que nuestra manera de vivir realmente deja tras de sí.
Avanzando a tientas hacia la simplicidad
En un episodio de Youtube reciente de The Great Simplification titulado Frankly 160, Nate Hagens imagina el discurso que podría pronunciar un líder mundial honesto si no existieran consecuencias políticas por decir aquello que el público preferiría no escuchar. Su argumento resulta incómodo porque desafía dos relatos apaciguadores. Uno afirma que no existe un problema ecológico serio. El otro dice que sí existe, pero que podemos sustituir las tecnologías sucias por tecnologías limpias y continuar esencialmente sin tener que cambiar. Ninguno de los dos relatos es cierto.
Hagens sostiene que la civilización moderna se construyó sobre una extraordinaria herencia de energía fósil concentrada, a la que llama “luz solar antigua”. Esta otorgó a los seres humanos capacidades que las civilizaciones anteriores apenas habrían podido imaginar: transporte masivo, agricultura mecanizada, manufactura industrial, medicina moderna, comercio global y un nivel extraordinario confort material para mucha gente. Liberó a miles de millones de seres humanos de formas de trabajo y escasez que habían condicionado la vida durante la mayor parte de la historia humana.
Pero cada aumento de poder amplía también el campo de sus consecuencias. La misma energía que expandió las posibilidades humanas amplió también nuestra capacidad para extraer, transformar, transportar y consumir. Nos permitió extirpar los recursos de la Tierra más rápidamente, en sitios más lejanos, y a una escala que ninguna civilización anterior habría podido imaginar. La prosperidad creció, pero también lo hicieron las concentraciones de riqueza y poder, el flujo de materiales y el daño ecológico acumulado. El problema, por tanto, no es simplemente que hayamos descubierto un combustible peligroso. Es que un poder enorme entró en una civilización que todavía no había desarrollado la madurez colectiva, ni la ética, necesarias para manejar semejante poder.
La alteración del clima es uno de los resultados. La deforestación, la pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos y la muerte de los arrecifes de coral, el agotamiento de los acuíferos, la alteración de los ciclos de nutrientes, la degradación del suelo, la contaminación, los plásticos y la extracción cada vez mayor de materiales revelan un patrón más amplio. Estamos extrayendo los sistemas vivos más rápido de lo que esos sistemas pueden regenerarse. Vivimos en un planeta finito, dentro de sistemas con límites físicos reales, y sin embargo actuamos irresponsablemente como si los recursos fueran ilimitados.
Lamentablemente, los límites obligan a formular preguntas que la gente no está preparada para escuchar y que ni la política ni la tecnología pueden resolver. ¿Cuánto podemos tomar sin matar la fuente? ¿Cuánto utilizamos realmente? ¿Cuánto es suficiente? ¿Qué debe permanecer intacto? Y, quizá lo más importante, ¿cómo podemos aprender a manejar la vida sin agotar los sistemas que hacen posible la vida? (Para contexto, véase el libro de Ed Conway, Material World: A Substantial Story of Our Past and Future).
La ciencia puede decirnos cuáles son las consecuencias de nuestras decisiones. Pero no puede, por sí sola, decidir qué le debemos a un niño que nacerá dentro de cincuenta años, a una comunidad cuya agua hemos contaminado, a otra especie cuyo hábitat hemos destruido, o a quienes reciben muy poco del beneficio y cargan con gran parte del costo.
Esas son preguntas de relación social, ética, responsabilidad y justicia. La espiritualidad pregunta qué nos obliga a hacer el hecho de ser conscientes de nuestras acciones. Y una vez que aceptamos esa responsabilidad, surge casi inevitablemente otra pregunta:
¿Cómo se piensa la restitución?
Los Doce Pasos de las tradiciones de recuperación ofrecen una respuesta inesperadamente relevante. Recibieron una profunda influencia de las enseñanzas cristianas y del Sermón del Monte. Pero si por un momento dejamos de lado la adicción y observamos únicamente el marco de recuperación en sí, podemos apreciar su brillante percepción. Primero llega el reconocimiento de que algo se ha vuelto inmanejable. Después lo admitimos. Renunciamos a la fantasía del control absoluto y hacemos un inventario honesto de nuestro propio comportamiento. Reconocemos el daño causado. Nos disponemos a cambiar e identificamos a quienes han resultado perjudicados. Les preguntamos cómo podemos reparar mejor ese daño y hacemos sinceramente las enmiendas necesarias. Continuamos examinándonos para evitar que el antiguo comportamiento regrese. Y finalmente llevamos lo aprendido a la vida cotidiana, convirtiéndolo en una forma distinta de vivir en el mundo.
Dar pasos para alante como práctica espiritual
Hagamos entonces un experimento: apliquemos estos preceptos a la ecología. Comenzamos admitiendo lo que ya se ve: parte de nuestra relación con la Tierra viva se ha vuelto inmanejable. Renunciamos a la fantasía de que los “deseos” humanos puedan, de alguna manera, imponerse a la física, la biología o los límites ecológicos. Hacemos un inventario honesto de todo lo que utilizamos y de cómo lo obtenemos. Y lo hacemos sin enfocarnos en culpar a otros como el centro del ejercicio. El propósito de un inventario es llegar a la claridad. No podemos reparar aquello que no podemos ver. Pero rara vez miramos realmente lo que hacemos. Necesitamos esta práctica para mantener nuestro enfoque.
Después llega el paso que el ambientalismo rara vez nombra: hacer enmiendas. No se trata solamente de dejar de causar daño, sino de asumir el costo colectivo de la restauración. Es decir: restaurar el humedal. Regenerar el suelo. Limpiar el río. Proteger lo que queda del bosque y volver a plantarlo. Devolver vida a las tierras degradadas. Restaurar hábitats. Reducir la carga que pesa sobre comunidades que han soportado los costos de la prosperidad de otros. Diseñar empresas que regeneren en lugar de limitarse a extraer. Utilizar menos cuando utilizar más causa daño. Dejar suficiente para los demás. Dejar suficiente para las generaciones futuras. Dejar suficiente para que la vida continúe.
Eso es una disciplina. Convierte la ecología, de un proyecto de emergencia, en una manera de vivir. No hacemos un inventario una sola vez para luego declararnos terminados. Seguimos prestando atención. Ajustamos. Reparamos. Iteramos. Aprendemos. La responsabilidad ecológica se convierte en una práctica diaria. Si lo hace una persona, es virtud. Si lo hace una comunidad, es resiliencia. Si lo hacemos todos, es un mundo nuevo.
Alcanzar la madurez
Aquí es donde Laudato Si’, la ecología espiritual, la ciencia moderna de sistemas y la sabiduría de la recuperación comienzan a converger. Cada una, en su propio lenguaje, nos pide ver la realidad sin ilusiones, reconocer nuestro lugar dentro de algo mayor que nosotros mismos, aceptar nuestra responsabilidad por la parte que nos corresponde en lo ocurrido, cambiar nuestra manera de actuar, hacer enmiendas, reparar lo que podamos y modificar el comportamiento que produjo ese daño. Cuando esto se hace colectivamente, eso es madurez.
La humanidad ha alcanzado una asombrosa madurez tecnológica. Nuestras herramientas se han vuelto casi inimaginablemente poderosas. Sin embargo, la madurez mental con la que las utilizamos no se ha desarrollado a la misma velocidad. Eso tiene que cambiar. Una persona madura sabe algo que no podemos esperar que comprenda un niño: que poder hacer algo no significa necesariamente que debamos hacerlo. La libertad sin moderación no es madurez. El poder sin responsabilidad no es madurez. Tomar todo lo que está disponible simplemente porque nadie puede impedirlo tampoco es madurez.
Madurez significa aprender que los límites no son privación ni castigo. Significa anticipar las consecuencias y evitar las malas. Significa renunciar a una ventaja inmediata cuando está en juego algo de mayor valor y más duradero. Significa aceptar responsabilidad cuando nuestras acciones causan daño. Significa comprender que lo que hacemos afecta relaciones y vidas más allá de la nuestra. Sobre todo, significa comprender que nuestro bienestar es inseparable de relaciones más amplias que nosotros mismos y que nuestro ejemplo influye en las acciones de otros. En ningún lugar resulta esto más evidente que en nuestra relación con la naturaleza.
La humanidad y la naturaleza no son dos cosas separadas. Quítenos el aire limpio y sobrevivimos apenas unos minutos. Quítenos el refugio en condiciones extremas y la supervivencia puede medirse en horas. Quítenos el agua y pasa a medirse en días. Quítenos los alimentos y pasa a medirse en semanas. Respiramos naturaleza. La bebemos. La comemos. Construimos con ella. Nos calentamos con ella. Estamos hechos de ella y, finalmente, regresamos a ella. Nuestra dependencia no es metafórica. Es un hecho biológico.
La ilusión de la conexión
Y, sin embargo, la vida moderna se ha vuelto extraordinariamente eficaz para ocultar esa dependencia.
Mire su televisor o su teléfono celular. Nunca hemos parecido estar más conectados. Los productos llegan de un punto del mundo a otro de un día a otro. La información cruza océanos en milisegundos. Los extraordinarios logros de la economía de la conveniencia han consistido en conectarnos sin esfuerzo con casi todo lo que deseamos, al mismo tiempo que construye enormes sistemas globales para poder suplirnos y crear las fuentes de aquello que necesitamos y queremos. Es una ilusión fabricada de cercanía. Estamos conectados con el producto, pero desconectados de su origen. Conectados con el servicio, pero desconectados del trabajo que lo hace posible. Conectados con nuestro consumo, pero desconectados de la extracción que requiere. Conectados con la conveniencia, pero desconectados de sus consecuencias.
Nuestra economía moderna tiene muchos beneficios, pero ha trasladado al público los costos de esos beneficios y ha hecho que el daño sea casi invisible. Cuando el bosque está lejos, la mina está lejos, la fábrica está lejos, el trabajador explotado está lejos, el vertedero está lejos, o la comunidad que soporta la contaminación está lejos, consumimos sin experimentar nunca la cadena de relaciones que ese consumo requiere. La distancia se ha convertido en parte de nuestro modelo político-económico.
Y la descripción que hace Hagens del Superorganismo económico ayuda a explicar por qué la separación que crea esa distancia es tan difícil de superar. Cada día, miles de millones de decisiones humanas ordinarias se acumulan hasta formar un sistema con su propia lógica de autorrefuerzo. Extraemos para producir. Producimos para crecer. Crecemos para mantener el empleo, la inversión, la deuda y la estabilidad económica. El crecimiento exige más energía y materiales, lo cual posibilita todavía más producción y consumo. Lo que comenzó como un solo comportamiento humano se convierte en estructura, y luego esa estructura comienza silenciosamente a retroalimentar y reforzar el comportamiento humano que busca comodidad.
Ninguna persona diseñó el sistema completo. Ninguna persona lo controla. Sin embargo, casi todos dependemos de él. Y por eso, como dice Hagens, “... nuestro dilema no puede resolverse simplemente exhortando a los individuos a convertirse en consumidores virtuosos”. La responsabilidad personal importa, pero también importan las condiciones dentro de las cuales tomamos decisiones. Los sistemas, la tecnología, la política pública, la economía, y la cultura también importan. Pero si no nos damos cuenta de las consecuencias, nuestras acciones se hacen cómplices de los abusos, y no nos enteramos. Y sin ese contexto, no existe razón para actuar como si otras cosas importaran, y seguimos ciegos y ensimismados.
¿Para qué es la vida?
Debajo de la cultura existe una pregunta que ninguna de las disciplinas antes mencionadas puede responder: “¿Para qué es la vida humana?”. Esa es una pregunta espiritual y filosófica. Si el propósito de la vida es acumular, los límites siempre parecerán enemigos. Si la prosperidad significa poseer continuamente más, una economía tendrá que producir continuamente más. Si el éxito se mide principalmente mediante el consumo, la moderación parecerá fracaso.
Pero si una buena vida puede medirse en salud, seguridad, relaciones, utilidad, belleza, pertenencia, tiempo, significado y contribución, las posibilidades se expanden exponencialmente. “Suficiente” ya no tiene que significar privación. Un límite puede convertirse en la frontera dentro de la cual se protege algo preciado, en lugar de ser un muro contra el cual el deseo humano se estrella interminablemente.
Por eso la espiritualidad tiene un lugar tan legítimo dentro de la ecología, y viceversa. La ciencia puede decirnos qué está ocurriendo. El pensamiento sistémico puede ayudarnos a comprender por qué sigue ocurriendo. La tecnología puede proporcionarnos mejores herramientas para manejarlo. La economía puede ayudarnos a distribuir recursos. Los gobiernos pueden establecer reglas y límites. Pero ninguna de estas disciplinas, por sí sola, puede decirnos por qué deberíamos comportarnos con consciencia personalmente. Por qué importan otras especies. Por qué las generaciones futuras tienen derechos sobre nuestras decisiones. Por qué la gratitud cambia nuestra manera de consumir. Por qué el poder crea obligaciones. Por qué tener “lo suficiente” es más rico que querer siempre más. O por qué reparar el daño forma parte de volvernos íntegros.
Para eso necesitamos el vocabulario del amor: humildad, compasión, moderación, gratitud, reciprocidad, responsabilidad y reparación. El cristianismo, el budismo, el islam, el judaísmo, las tradiciones indígenas, el humanismo y la filosofía no llegan a la ecologia por caminos idénticos. Pero contienen variaciones de los mismos ingredientes: la vida es interdependiente, nuestras acciones alcanzan mucho más allá de nosotros mismos, y aquello que sostiene la vida merece nuestro cuidado. Compartimos la misma atmósfera, los mismos océanos, la misma asombrosa red de vida y el mismo pequeño planeta. Sean cuales sean nuestras diferencias, podemos coincidir en unos valores comunes.
Conversión ecológica
Y mientras escribía este ensayo ocurrió algo extraordinario en el Vaticano. La Comisión Teológica Internacional publicó Cuidar la casa común — Una respuesta responsable y fraterna al Dios trino, con la autorización del papa León XIV. Más de una década después de Laudato Si’, el documento lleva el argumento aún más lejos. Propone hablar del daño ambiental como “un pecado contra la Creación y contra el Creador” y sostiene que la crisis ecológica exige algo más que soluciones científicas y tecnológicas. Pide cambios en la producción, el consumo, el transporte y el uso de la energía, y pide algo todavía más profundo: un cambio en los valores culturales y una “conversión ecológica” en la manera en que viven los seres humanos.
Después de acercarnos a la cuestión desde puntos de vista tan diversos, regresamos a cómo nos relacionamos. Quizá sea allí donde la crisis ecológica ha estado intentando llevarnos desde el principio. ¿En qué clase de personas debemos convertirnos para vivir bien dentro de un mundo saludable para todos?
La idea de Hagens sobre la madurez colectiva comienza cuando una civilización se vuelve capaz de hacer lo que una persona madura sabe hacer después de causar daño: dejar de defenderse el tiempo necesario para ver con claridad. Dejar de culpar el tiempo necesario para escuchar. Dejar de esconderse detrás de las cifras el tiempo suficiente para comprender qué significan esas cifras. Decir la verdad. Aceptar límites. Asumir responsabilidad. Hacer enmiendas. Reparar lo que pueda repararse. Proteger un nivel base ecológico por debajo del cual nos neguemos a descender. Aprender las lecciones de aquello que ya no puede restaurarse y comprender lo que realmente significa esa pérdida. Y cambiar. Cambiar nuestra manera de pensar y actuar.
Alerta: las enmiendas son apenas el comienzo de la madurez. Si reparamos continuamente el mismo daño mientras conservamos el comportamiento que lo causa, la restitución se convierte en otra forma de hacer daño. La transformación más profunda consiste en aprender a no producir una y otra vez la misma herida. Eso exige algo de lo que nuestra cultura no habla muy a menudo: la indemnización. No como castigo, sino como inteligencia; como punto de partida de una conciencia colectiva. La disciplina de tomar sin agotar. De utilizar sin destruir. De prosperar sin empobrecer todo lo que nos rodea. De mantener nuestras demandas dentro de la capacidad de carga de los lugares que nos sostienen. De recibir la abundancia del mundo vivo con gratitud en lugar de hacerlo con un sentido de derecho, y de comprender finalmente que la reciprocidad también se aplica a las civilizaciones.
Quizás eso sea lo que es la madurez espiritual a escala de una civilización. No regresar al pasado, ni rechazar la ciencia ni la tecnología, ni fantasear las dificultades. No imaginar que los seres humanos de pronto se volverán perfectos. Simplemente volvernos suficientemente maduros para comprender que nuestro bienestar colectivo no puede separarse del bienestar de los sistemas vivos que nos sostienen, y tenemos que ser suficientemente disciplinados para organizar nuestras vidas de acuerdo con esa realidad.
Epílogo
La ecología y la práctica espiritual siempre han estado entrelazadas en mi mente. Desde aquel momento en que tenía cinco años y un potrillo recién nacido se acercó a mí en un potrero abierto solamente para olerme, me he deleitado descubriendo todo aquello que la naturaleza ha tenido la gracia y la generosidad de colocar frente a mí. Todo lo que tenía que hacer era prestar atención. Tanto la ecología como la espiritualidad nos piden comprender todas nuestras relaciones y actuar con responsabilidad y cariño sobre ellas. Ambas nos piden vivir con humildad dentro de algo mayor que nosotros mismos. Ambas nos piden considerar qué consecuencias deja atrás nuestra presencia. Y ambas, en su nivel más profundo, nos hacen esencialmente la misma pregunta: ¿Cómo amamos?
Mi respuesta es sencilla. No sentimentalmente, sino prácticamente. ¿Cómo amamos un río? ¿Un bosque? ¿Un niño que todavía no ha nacido? ¿Una especie que quizá nunca lleguemos a ver? ¿Un vecino cuyo sufrimiento permanece oculto dentro del precio de algo que compramos? ¿Cómo amamos un mundo vivo del cual dependen cada respiración, cada comida, cada economía y cada futuro? Para mí, el amor a esa escala se parece extraordinariamente a unos valores compartidos: una responsabilidad bienvenida, una restricción sagrada, y una reciprocidad gozosa.
Porque para mí, la ecología es una práctica espiritual. Y mi práctica espiritual es la ecología.