La Guaguita (con respeto a Rene Marques)
Monica Perez Nevarez
"Los bisabuelos tenían una carreta. Los abuelos una calesa. Los padres tenían un coche Americano. Y hoy los hijos tenemos una guaguita."
Había una casita. No era grande ni pretendía serlo. Simple, pero bonita. Paredes de bloque, techo de zinc encima de madera, que cantaba con la lluvia, un balcón con tres sillas, un portón de madera pintado azul celeste, como el de nuestra bandera - desteñido por el sol, como todas las cosas que trabajan a la intemperie.
Fernando R. Marqués la construyó y murió en ella, de tanto trabajar. Es la manera discreta en que algunos soñadores se despiden: trabajando hasta que el cuerpo dice basta, el médico dice lo siento, y el gobierno se burla tras bastidores.
La viuda se llama Gabriela. Cose ropa ajena para ganar dinero. Cose con la misma precisión con la cual siembra: sin desperdicio, sin pretensión, con un pundonor que no necesita audiencia.
El hijo se llamaba Luis, y soñaba con diseñar un juego virtual y hacerse millonario; su hermana Juanita soñaba con ser modista de alta alcurnia.
Vivían en un lote de una cuerda de terreno a las afueras de Adjuntas, que era el mundo entero para ellos. Donde crecían plátanos y guineos, yuca, yautía, ñame, batata, lerén y calabaza. Una hilera de lechuga a la sombra de un árbol que sobrevivía el verano por pura obstinación. Habichuelas. Hierbas para sazonar. Limones verdes y amarillos. Chinas y toronjas. Parcha, papaya y guayaba. Piña, mangó y un palo miniatura de aguacates. Un cuadro de composta que olía a futuro nacido en abono. Gallinas que ponían huevos con regularidad y patos que ponían huevos enormes que vendían a $9 la docena. Dos cabras lecheras que daban crema tan rica que se convertía en el queso de la casa. Y al lado de la casa, recostados a un ángulo de 15 grados, tres paneles solares en el piso junto a un tanque de captación de agua de lluvia, instalados en un closet, sabiendo que se podían cerrar las puertas durante emergencias. No querían tener que depender del gobierno para conseguir ayuda.
Su autosuficiencia les daba casi todo lo que necesitaban. Y lo demás lo hallaban en sus vecinos y su comunidad, de mutuo acuerdo. Aunque no tenían mucho, tenían la capacidad de decirle al mundo: nosotros vivimos aquí.
Luis tenía ambiciones de escapar de la miseria que veía cuando se comparaba con sus compinches de San Juan, sin darse cuenta de que la miseria que sentía y la miseria que buscaba eran primas hermanas.
Luis miraba la casita y veía atraso. Miraba las cabras y veía vergüenza. Miraba los plátanos y veía lo que le faltaba: una oficina con aire acondicionado, un sueldo con números en la pantalla, un futuro que se pareciera a los que salen en las telenovelas que tanto le gustaban a su mamá.
"Aquí no hay salida", decía Luis. "En San Juan es donde se vive de verdad," repetía.
Juanita es joven, con una belleza que brilla desde adentro sin delatarse. Juanita había decidido, con la certeza absoluta de sus diecinueve años, que el problema era su nombre. Que Juanita era pueblo, era campo, era pasado. Que en la ciudad ella se llamaría Shakira.
"Shakira es quien quiero ser, mamá", decía Juanita, practicando el nombre en el espejo como quien ensaya un papel ya escrito.
Y Gabriela, oyéndolos, callaba. O respondía con lo único que sabía hacer cuando las palabras no le alcanzaban: coser en silencio. No podía olvidar que durante más de un año, había resistido lo que el gobierno llama proceso de consulta ciudadana, y que ella sólo reconocía como un asalto. Había asistido a las vistas. Había recogido firmas. Había organizado vecinos. Había hablado con representantes que asintieron con cuidado y no volvieron a dar la cara. Presentó objeciones formales, y el gobierno le respondió con enmiendas al reglamento que las convertían en papel mojado. Los terrenos se reclasificaron de zona agrícola a zona de desarrollo estratégico. Los desarrolladores tienen vínculos que no aparecen en ningún documento oficial, pero que todos en el pueblo conocian como amigos del alcalde.
La carta final le llegó un lunes - tres párrafos en lenguaje técnico que dicen que la decisión estaba tomada a favor de los desarrolladores, para bien del pueblo de Puerto Rico. Gabriela la leyó dos veces. La dobló. La guardó en la misma caja donde guarda la foto de boda con Fernando. Y siguió cosiendo.
Ese viernes cargaron todo en una guaguita que intercambiaron por los paneles solares con un vecino. Colchones atados al techo con soga. La máquina de coser de Gabriela, envuelta en una sábana vieja. Tres cajas de ropa y dos de utensilios de cocina. Y amorosamente guardada, una bolsita con sobrecitos de semillas que Gabriela tomó en silencio del jardín, sin que nadie la viera ni le preguntara para qué, porque sus hijos no estaban pensando en semillas cuando partían tan felices para la aventura de vivir en la ciudad.
Las cabras, las gallinas y los patos se vendieron. Los paneles solares siguieron captando el sol en casa vecina. Con la guaguita llena, manejaba Luis, ilusionado, pensando que conocer el destino era lo mismo que conocer la ruta.
San Juan
"San Juan nos recibió como recibe a todos: con tráfico, ruido e indiferencia."
En esta ciudad compacta, cara, hermosa y cruel, no existe el eslabón entre no-tener-nada y tener-algo. Para alquilar necesitas trabajo, para el trabajo necesitas pala, para la pala necesitas conocer gente, y el círculo gira y gira como un trompo sobre la mesa de otro.
Durmieron sentados en la guaguita tres semanas. Luego estuvieron en casa de una prima que los aguantó lo que pudo. Luego fueron a un residencial público en Bayamón - con pasillos oscuros, pintura descascarada, y olor a abandono. Gabriela caminaba por esos pasillos como quien reconoce una pesadilla anciana: en los zurcidos repetidos de las mismas piezas gastadas que cosía, en los bordes deshilachados de vidas que no podían salir pa’lante.
"Aquí no entra el sol", dijo Gabriela un día, "...ni una brisita siquiera", mirando por la ventana que daba al muro del edificio hermano.
Luis buscó trabajo con la energía desesperada de quien no puede permitir la derrota. Iba de oficina en oficina pidiendo hablar con el administrador. Le pedían experiencia. Le pedían referencias. Le pedían un perfil en LinkedIn con foto profesional y palabras en inglés que sonaban a progreso, pero las cuales él no sabía escribir.
Juanita, que ya firmaba todo como Shakira, con una S grande y ambiciosa, solicitó trabajo en talleres de diseñadores de ropa primero; luego en tiendas de ropa, después en restaurantes, en oficinas, en almacenes al por mayor. Le dijeron que no tenía la “vibra” que buscaban. O que no tenían trabajo. O que la llamarían. Pero nadie la llamó.
Fue Luis quien dijo, una noche calurosa, mirando el techo de la sala: "Nueva Yol".
Y las dos mujeres, con un agotamiento absoluto, dijeron que sí.
Nueva Yol
"Nueva Yol es un espejismo hecho de ilusiones malentendidas."
La ciudad desde afuera brilla con una generosidad que no existe adentro. Los rascacielos reflejan el cielo y a quienes los miran, pero no los dejan entrar. El anillo prometido gira en lo alto - lo ven todos, pero no lo alcanza nadie que llegue como llegaron ellos: con doscientos dólares, un colchón inflable, y la esperanza mal doblada en el bolsillo trasero.
Luis consiguió trabajo limpiando cristales en Midtown, viendo por la ventana que se servían platos de doscientos dólares en un restaurante - el equivalente a lo que él ganaba en una semana, y se tragaba la injusticia. Trabajaba bien. Lo hacía con una rapidez silenciosa que aprendió inconscientemente de su padre. Pero igual que su padre, no echaba pa’lante.
Una noche, cruzando una calle vacía en Bajo Manhattan luego de salir de una limpieza nocturna, un vehículo dobló la esquina a una velocidad que no admite errores. El conductor no vio la figura vestida de negro cruzando la calle. No frenó, ni se detuvo después del atropello siquiera. La ciudad absorbió el golpe sordo como absorbe todo: sin pausa y sin duelo. Sin alterar el ritmo de sus once millones de vidas que seguían hacia adelante, dejando atrás el cuerpo sin vida de Luis.
Unas semanas más tarde, Juanita, ebria y adolorida, salió de un edificio en el Bronx donde un hombre le había prometido un futuro que no era suyo. Salió desnuda, llevando su camisa rota en la mano, dos puñetazos en la cara, y sangrando por una herida ultrajante debajo de la espalda. Sin cartera. Sin teléfono. Sin su nombre nuevo, que ya no significaba nada. Sin algo que la cubriera, excepto la distancia infinita entre donde estaba y donde pensó que iba a estar.
Un mes después, Gabriela se cayó en un pasillo mojado de un edificio que no sabía su nombre. El edificio, a través de sus abogados, le ofreció doscientos mil dólares para que el asunto no llegara a más.
Gabriela miró el cheque por mucho tiempo. Y por fin dijo "Nos vamos".
"¿A dónde?", preguntó Juanita, desde la cama del hospital, donde llevaba semanas desde que la diagnosticaron con una crisis severa de salud mental.
"A casa", dijo Gabriela.
"¿Cómo?" preguntó Juanita.
"Nos sacaron, sí, pero todavía hay tierra en Puerto Rico, aunque nosotros nos hayamos ido. La tierra no nos ha olvidado, aunque la hayamos despreciado al irnos."
Epílogo
Gabriela y Juanita volvieron a Puerto Rico. Compraron un pedazo de tierra en Utuado. Y Gabriela empezó su huerto. Cose. Espera la lluvia. Se sienta todos los días unos minutos al sol. Juanita poco a poco ha empezado a reconocer su nombre verdadero. El hueco que dejaron Luis y Fernando no se olvida, pero ellas han aprendido a vivir alrededor de su recuerdo, como las plantas alrededor de las piedras: crecen de todos modos, y a veces hasta más fuertes.
Y un día, ya cuando el jardín había florecido y dado fruto, Juanita le pregunta a su madre: "¿Por qué nos fuimos Mami?"
"La tierra era suficiente. Era más que suficiente: teníamos agua del cielo, sol bendecido, el fresco de la montaña, semillas más listas que los huracanes, animales que venían cuando los llamábamos, un abono que nos garantizaba el futuro. Era, en el sentido más amplio de la palabra, como ser libre. Así que, ¿por qué nos fuimos?"
"Nos fuimos porque alguien nos convenció de que no podíamos quedarnos", dijo Gabriela. "Alguien con dinero y con abogados; con planes y con proyectos de ley y con corredores de bienes raíces y con estudios de impacto económico redactados en un idioma que suena a progreso pero significa despojo. Alguien que necesitaba la tierra nuestra para poder llamar lo que hacen una ‘oportunidad’."
"Parecido a hoy, de hecho, cuando lo están tratando de hacer de nuevo. Leyes que proponen abrir lo que fue protegido. Vender lo que fue guardado. Entregar lo que era de todos - el agua, el monte, la costa, el suelo - a gente que no tiene ningún interés en nuestras vidas. Y nos dicen que es desarrollo. Que son empleos. Que es el progreso que tanto reclamamos. Igualito que la última vez", dijo Gabriela en voz baja.
"Pero ojo, Juanita, que esta es la vida dándonos una lección que necesitábamos aprender. Ya hicimos migas con nuestros vecinos. Es una comunidad que no se vende porque sabe que lo que se vende se pierde, y que lo que se pierde no siempre se puede reemplazar. Esta vez, no nos vamos a olvidar de lo que importa. ¿Tú me entiendes, verdad?"



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