Creando una economía desde la cotidianidad
Por Mónica Pérez Nevárez
Durante una conversación reciente, Frances
Figarella García me habló de cómo la Economía Social y Solidaria podría
transformar la economía en la que vivimos, una economía que nos ha enseñado a
confundir la conveniencia con el bienestar, el abuso con la disciplina, y el
precio de las cosas con su verdadero costo.
Frances fue maestra de ciencias, profesora en
la Universidad de Puerto Rico y líder en la implantación del Aprendizaje Basado
en Problemas. En 2011 fundó, junto con otras profesionales, la cooperativa de
trabajo CoopERA, nacida de una convicción sencilla: la cooperación es la manera
más sabia de educar, aprender, trabajar y vivir. Llegó a este tema organizando,
enseñando y trabajando en comunidad con otras personas. Frances también forma
parte integral del grupo coordinador de la Red de Economía Social y Solidaria
del Movimiento Victoria Ciudadana.
Cuando le pedí que explicara qué es la Economía
Social y Solidaria, su respuesta colocó la conversación en un terreno distinto
al de las definiciones económicas habituales. Habló de una forma justa y humana
de organizar la actividad económica, comprometida con las personas y con el
planeta. Habló de la calidad de vida antes que de la cantidad de posesiones, y
de gobernanza democrática, autogestión, confianza, cuidado mutuo y
responsabilidad compartida.
El dinero sigue siendo una herramienta de
intercambio y el capital continúa cumpliendo una función, pero deja de ocupar
el lugar de mando. Al organizarse mediante gobernanza democrática y
responsabilidad compartida, la ESS crea mecanismos para limitar los atropellos
y las injusticias que el capitalismo ha permitido y normalizado.
La diferencia es importante porque lo que
solemos llamar “la economía” no es una ley natural. Es una forma histórica de
decidir qué se produce, quién controla los recursos, cómo se reparte el
beneficio y quién absorbe los daños. La industrialización concentró los medios
productivos, el capital y los recursos naturales en pocas manos. También ayudó
a formar el tipo de consumidor que ese sistema necesita: individualista, ensimismado,
competitivo, y siempre insatisfecho.
Frente a las crisis creadas por ese modelo
surgieron cooperativas, asociaciones y otras respuestas colectivas. La ESS
pertenece a esa historia y está viva en muchos países, donde adopta formas
locales de solucionar problemas según las necesidades de cada lugar.
Le pregunté cómo se podía ver la necesidad de
la ESS en Puerto Rico, y Frances escogió el sistema alimentario como el ejemplo
más claro y urgente. “El sistema alimentario permite ver la ESS completa: no
sólo qué compramos, sino quién produce, cómo se remunera el trabajo, quién
organiza la distribución, quién toma las decisiones y dónde permanece el valor
generado”.
“Importamos alrededor del 85 por ciento de lo
que comemos. Esa cifra describe cómo estamos expuestos a interrupciones de
abastecimiento, aumentos en los costos de transportación, decisiones tomadas
fuera del archipiélago y alimentos cuya calidad no controlamos”.
“Cuando agricultores y agricultoras de Puerto
Rico siembran agroecológicamente, cuidan el suelo y crean mercados que acercan
alimentos sanos a la gente, no sólo producen comida. También reducen nuestra
dependencia y fortalecen nuestra capacidad de alimentarnos. Al hacerlo, cambian
la relación que existe entre quienes producen, quienes consumen y el lugar que
ambas partes habitan. Esa es una de las maneras más revolucionarias de “hackear
el sistema”.
El ejemplo agrícola muestra que la ESS entra en
la vida cotidiana mediante decisiones concretas que hacemos a diario: relacionarnos
con nuestros vecinos, agricultores, y nuestras comunidades y comercios locales,
cooperativos y solidarios que mantienen una mayor parte de la riqueza dentro de
la comunidad.
Ojo, comprar localmente puede ser una puerta de
entrada a la ESS, pero la proximidad geográfica, por sí sola, no convierte una
actividad en solidaria. Un negocio puede ser local y continuar explotando a sus
trabajadores, dañando los recursos naturales o concentrando sus ganancias en
pocas manos.
Franes hizo hincapié en que lo importante no es
solamente dónde se encuentra un negocio o de dónde viene un producto, sino cómo
se produce, cómo se trata y remunera a quienes allí trabajan, quién toma las
decisiones, dónde queda la riqueza generada y qué consecuencias tiene esa
actividad para la comunidad y el ambiente.
“Lo mismo puede ocurrir al comprar en una
farmacia de la comunidad en vez de acudir automáticamente a una gran cadena.
Cuando estas transacciones apoyan empresas responsables, cooperativas o
negocios comprometidos con su comunidad, el dinero no sale hacia cuentas
corporativas externas. Circula entre personas que viven y trabajan aquí,
sostiene empleos y producción local y, en el caso de los alimentos, reduce
parte de la distancia y de la energía que exige una cadena larga de
distribución”.
Si vamos a ver, la compra local resuelve una
necesidad personal, pero también deja una huella económica que nos ayuda a
todos. Sin embargo, el ejemplo agrícola plantea una dificultad: los alimentos
producidos aquí pueden costar más que los importados y, por tanto, resultar
menos asequibles para muchas personas.
Le pregunté a Frances por esa diferencia. Me
respondió que “es cierto que los bienes agrícolas producidos aquí pueden costar
más, pero que ese precio refleja el trabajo y el esfuerzo dedicados a su
producción, en vez de depender de la baja compensación y de las largas jornadas
laborales que suelen hacer posibles los precios más bajos.”
“Pero eso”, agregó rápidamente, “no convierte
cada compra en un examen de moralidad. Los productos locales pueden costar más.
Los horarios pueden ser menos cómodos. No todo está disponible en todo momento.
La vida diaria de mucha gente ya está demasiado cargada y nadie es perfecto.
Pero siempre existe la oportunidad de decidir qué uno quiere hacer y por qué”.
Frances no idealiza la situación y entiende las
realidades. Las grandes corporaciones han construido su dominio alrededor de
precios bajos, una escala masiva y la conveniencia que ofrecen a personas ya
sobrecargadas de responsabilidades. Pedirle a cada individuo que investigue
productores, compare alternativas, coordine recogidos y resuelva cada obstáculo
reproduce el mismo individualismo que la solidaridad intenta superar.
En el caso de los alimentos, esas dificultades
pueden resolverse colectivamente. Ahí cobra sentido una de las frases más
prácticas de nuestra conversación. Frances recordó a una vecina que no había
podido ir a la plaza del mercado a hacer su compra. “Dime lo que quieres y yo
te lo busco”, le dijo. La vecina le entregó su lista y el dinero, y Frances
hizo la compra por ella porque sabía dónde ir a conseguir los productos.
De la misma manera, una red comunitaria puede
localizar productos, reunir pedidos, compartir transportación y distribuir el
trabajo necesario para encontrar alternativas. Las compras colectivas no sólo
abaratan o facilitan una transacción. Cambian quién carga con el esfuerzo. La
solidaridad deja de ser una intención privada y se convierte en infraestructura
para resolver problemas.
Sin embargo, Frances señaló que la barrera más
difícil no siempre es el acceso. Es la manera de pensar. “Conocemos personas
informadas, preocupadas por el ambiente y conscientes de la desigualdad que,
aun así, no cambian sus hábitos.” Muchas creen que una decisión de consumo no
puede afectar las políticas, los comercios ni la economía.
En Puerto Rico se le puede añadir a esa lista una
desmoralización profunda. Hemos visto repetirse durante décadas políticas que
benefician a unos pocos y hemos aprendido a desconfiar de nuestra propia
capacidad para intervenir.
Frances respondió a esa desmoralización con un
planteamiento más humano: “Hay que identificar a quienes ya han comenzado la
transición y acercarse a ellos, pedirles ayuda” dijo. “Hacer un cambio
acompañado es distinto a tratar de cambiar solo. Una persona le muestra dónde
compra. Otra conoce a quien produce. Otra persona organiza un pedido o coordina un viaje para un grupo a los
mercados o a las fincas cercanas. Alguien comparte una receta, una herramienta
o una idea. La capacidad personal aumenta cuando entra en una práctica
colectiva y repetible.”
Lo que vemos en la producción y distribución de
alimentos permite reconocer un patrón económico mucho más amplio. Puerto Rico
no tiene que inventar desde cero esa nueva economía. Un porcentaje considerable
de la población ya participa en cooperativas de ahorro y crédito. Existen
proyectos agroecológicos, empresas propiedad de sus trabajadores,
organizaciones sin fines de lucro, tiendas con productos solidarios, redes de productores
y grupos comunitarios que manejan recursos y servicios con criterios de
justicia.
Algo que quiere cambiar Frances es que se
rconozca cuando uno esta actuando de manera solidaria. “Muchas personas
participan en estas iniciativas sin reconocerse como parte de un movimiento
económico más amplio. El problema es también de visibilidad: las piezas
existen, pero no siempre se reconocen unas a las otras”.
“Por eso es importante conversar sobre mapas,
directorios y herramientas que permitan encontrar organizaciones solidarias. Hay
plataformas que pueden ser útil precisamente en ese punto: puede hacer visible
lo que ya está ocurriendo, conectar a una persona con la comunidad que necesita
y reducir la distancia entre una convicción y una acción concreta”.
Pero entiende que la tecnología tendría que
permanecer en su lugar correcto: servir de puente, no sustituir las relaciones
humanas; facilitar el acceso a información veraz, no difundir propaganda.
Ademas, abrió el panorama a otras posibilidades.
“El mismo razonamiento que aplicamos a los alimentos locales puede aplicarse a
la energía, el empleo, las finanzas y los servicios comunitarios. En su
esencia, la ESS es una manera de reconstruir el país”.
Y añadió que “la soberanía alimentaria, las
comunidades energéticas, el empleo digno, las finanzas solidarias y la gestión
comunitaria de servicios parecen asuntos separados hasta que hacemos las mismas
preguntas en cada uno: ¿quién decide?, ¿quién recibe el beneficio?, ¿qué ocurre
con la riqueza creada?, ¿quién se hace cargo del daño?”
¿Esas preguntas cambian la conversación y nos
brindan un poder que ahora no tenemos, verdad? le pregunte. “Si, permiten
evaluar una empresa o una política no sólo por cuánto dinero produce, sino por
la vida que hace posible, las capacidades que fortalece y las dependencias que
deja atrás”.
“Vivir de acuerdo con esa visión exigirá
aceptar límites y renunciar a ciertas comodidades. Habrá productos que no
podamos conseguir de inmediato y decisiones que resulten más caras al principio”.
“También habrá que reconocer que el precio
marcado en una góndola nunca contiene el costo completo. No incluye el suelo
degradado, el salario insuficiente, el negocio local que cerró, la distancia
recorrida ni la fragilidad de depender de cadenas de distribución que no
controlamos”.
“Pero, si no perdemos de vista la meta, todos
estos cambios valen la pelea” dijo Frances.
Al terminar nuestra conversación, cambiar la
economía ya no me parecía una meta lejana. Frances trazó una descripción
precisa de cómo comienza una transformación real. “Ocurre cuando dejamos de
entregar automáticamente nuestra mente, nuestro dinero, nuestro trabajo y
nuestro tiempo a sistemas que debilitan el lugar donde vivimos y comenzamos a
dirigirlos hacia relaciones que lo sostienen”.
La economía se reproduce todos los días. Y si
participamos en la economía social y solidaria cada día, cada día existe una
oportunidad de crear la vida que queremos y necesitamos, en la cotidianidad de
nuestras vidas. No hace falta esperar a que el país entero cambie de una vez.
Podemos empezar por dar el primer paso, y buscar a gente como Frances, que nos
enseñe el camino.
Pueden ver el video aquí: https://youtu.be/Z8rR3xvuSf4
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